Tipos y grados de intolerancia a la lactosa

Millones de personas en todo el mundo recurren a productos sin lactosa para poder evitar los síntomas. Se estima que alrededor del 60 % de la población mundial sufre este tipo de intolerancia alimentaria. En el caso de España, según el Food Intolerance Network, entre el 19 % y el 28 % de la población ha sido diagnosticada con esta patología, muy por encima de países como Noruega, Bélgica u Holanda, que no superan el 5%, aunque lejos del 70% de rusos y turcos.

Lo que comúnmente se llama “intolerancia a la lactosa” se aplica de manera general a cualquier grado y origen de sensibilidad hacia este disacárido presente en la leche y sus derivados, pero no se debe generalizar.

La experta distingue cuatro clases que responden a otros tantos orígenes y darán lugar a abordajes diferentes para su tratamiento.

  • Deficiencia congénita de lactasa (la enzima que digiere el disacárido) o alactasia. “Es un trastorno genético muy poco frecuente, cuyos síntomas se manifiestan en el recién nacido con la ingesta de la leche materna o de fórmula. Es una condición permanente, que obligará a una dieta sin lactosa de por vida”.
  • Deficiencia de lactasa del desarrollo, también denominada deficiencia madurativa de lactosa, más frecuente, que se presenta en niños que nacen con menos de 34 semanas de gestación. «Se trata de un problema de falta de maduración por no haber llegado el embarazo a término y que puede llegar a resolverse. El uso de fórmulas bajas en lactosa o la suplementación con lactasa – añade Ibañez – son herramientas útiles para prevenir la malnutrición y la diarrea».
  • Deficiencia primaria de lactasa. Es la forma más habitual de intolerancia a la lactosa, presente en el 70 % de los casos. «Ocurre cuando se produce una reducción progresiva de la producción de la lactasa, motivada por causas genéticas. Es decir, conforme se avanza en edad se pierde la capacidad de digestión de lactosa y los síntomas van apareciendo o agravándose. Al tener una causa genética, su prevalencia varía en función de los grupos étnicos. Así, en el norte de Europa es muy poco frecuente, aumentando en poblaciones mediterráneas y del sur de Europa. Sin embargo, se observan tasas elevadas en población hispana (50-80%), afroamericana (60-80%), asiática y nativa americana (cercana al 100%).
  • Deficiencia secundaria de lactasa. Es una situación temporal consecuencia de otra patología que altera la mucosa intestinal, lo que provoca la mala digestión y malabsorción de la lactosa. “Una vez resuelta la patología principal, la mucosa intestinal se va regenerando y se revierte la situación. Entre las causas más habituales podemos encontrar infecciones, enfermedad de Crohn, enfermedad celíaca, malnutrición por diversas causas (diarrea prolongada, trastornos de la conducta alimentaria), síndrome intestino corto, síndrome de intestino irritable, sobrecrecimiento bacteriano o consumo de fármacos (antibióticos)».

Los síntomas son los mismos, pero no nos afectan a todos por igual.

Entre los síntomas de la intolerancia a la lactosa se encuentran la diarrea, las náuseas, la flatulencia, el dolor abdominal y/o hinchazón, que suelen presentarse pasados 30 o 45 minutos después de la ingesta de alimentos que contienen lactosa.

Además de estos síntomas intestinales, la intolerancia a la lactosa puede provocar otros más inespecíficos, provocados por ciertas sustancias generadas en el colon durante el metabolismo, y que en ocasiones pueden pasar desapercibidos.

Entre ellos, la experta menciona los más habituales: dolor de cabeza, fatiga, dolor muscular y articular, problemas cutáneos y en mucosas como sequedad o úlceras en boca, e incluso afectación del estado de ánimo con nerviosismo, falta de concentración, abatimiento o depresión.

“Estos síntomas varían entre individuos, ya que dependen de varios factores como la cantidad ingerida, el grado de deficiencia de lactasa o si se ha tomado sola o con otros alimentos», apunta Ibáñez.


Sin embargo, el consumo de productos o de leche sin lactosa por parte de personas que no tienen diagnosticada una intolerancia o mala absorción de la lactosa, no aporta ningún beneficio nutricional respecto de sus equivalentes con lactosa.

El mejor tratamiento contra la intolerancia a la lactosa es la dieta.

Una vez tenemos confirmado el diagnóstico la solución es básicamente dietética. En unos casos habrá que reducir la ingesta de lactosa en mayor o menor medida y en otros, incluso, eliminarla.

A la hora de diseñar los menús para una persona con intolerancia a la lactosa, la prioridad es, sin duda, tener en cuenta su grado de tolerancia específico. Y es que la dieta debe adaptarse a cada individuo.

Pero según explica la experta, hay estrategias que pueden mejorar la tolerancia en general, como ingerir cantidades pequeñas o consumir el alimento que contenga lactosa (no solo los lácteos la contienen: es un aditivo común en los procesados) junto a otros alimentos, dentro de las comidas.

En cualquier caso, el alimento más problemático en este tipo de dietas es la leche, independientemente de la especie, «en cuya composición hay en torno a un 5% de lactosa», señala Ibáñez, por lo que en un vaso de leche tomamos entre 10 y 12 g de lactosa. Sin embargo, «afortunadamente, contamos con alternativas, como las leches bajas en lactosa y sin lactosa, que pueden ser toleradas por la mayor parte de las personas afectadas».

Aunque aún no está regulado a nivel europeo, el ministerio de sanidad recomienda a los fabricantes que los alimentos «sin lactosa» no tengan más de 0.01% y los «bajos en lactosa» no sobrepasen el 1% de su contenido en lactosa.

También existe la opción de consumir lactasa (la enzima que rompe el disacárido y evita que llegue al colon), de venta en farmacias en diversas presentaciones como pastillas, cápsulas o gotas. Ahora bien, «debemos considerarla como una solución para momentos puntuales, ya que es difícil dar con la dosis correcta pues depende de diversos factores. 

Actualmente es obligatorio declarar la presencia de lactosa en todos los alimentos envasados, de venta a granel o en los restaurantes. Es una herramienta útil cuando se come fuera de casa o se acude a algún evento, situaciones en las que no siempre sabemos si los alimentos contienen lactosa o no», advierte la experta.

Productos lácteos que sorprendentemente tienen poca lactosa.

Los productos fermentados como los yogures y leches fermentadas se suelen tolerar mejor. “La razón es que durante la fermentación las bacterias lácticas hidrolizan, se comen parte de la lactosa», aclara. El yogur, por ejemplo, tiene en torno a un 4% de lactosa, mientras que, en el queso, tras el proceso de curación se puede quedar en el 1%.

Especialmente interesante es el yogur, ya que, la llegada de las bacterias lácticas vivas al intestino (Lactobacillus bulgaricus y Streptococcus thermophilus), junto con el hecho de que son productoras de lactasa, hace que mejore la tolerancia. Además, gracias a su textura, retrasa el vaciado gástrico y regula la motilidad intestinal, lo que ayuda a que la lactosa se libere más lentamente.

Otro de los productos lácteos que pueden encontrar su sitio en la dieta para personas con intolerancia a la lactosa es el kéfir con una cantidad de lactosa ligeramente inferior al yogur (3,7%), también es un alimento bien tolerado en este tipo de dieta.

Sin embargo, «no es recomendable en niños, por su contenido en alcohol», apunta. Esto también es aplicable a otras leches fermentadas como la leche acidófila, kumys, stragisto, labneh, ymer, ylette, etc.

La mantequilla para su elaboración pierde su fracción líquida, en la que se encuentra suspendida la mayor parte de la lactosa, para quedar solo la sólida compuesta principalmente por grasa. En personas muy sensibles, debe excluirse por la potencial presencia de lactosa.

Finalmente, tenemos el queso, pero su grado de tolerancia depende de multitud de variables. «Los que mejor se suelen tolerar son Idiazabal, Manchego, Parmesano, Cheddar, Comté, Camembert o Torta del Casar», señala.

Para entender por qué los quesos curados son, en general, más adecuados, la experta explica cómo este alimento va perdiendo la lactosa originaria a lo largo de su proceso de elaboración: «En primer lugar, tras cuajar la leche se realizan los procesos de corte y prensado, mediante los que se elimina el suero, y con él, buena parte de la lactosa.

Posteriormente, durante el proceso de maduración del queso, se produce la acción de los microorganismos, que consumen la lactosa. De esta manera, en los quesos curados, el contenido en lactosa se puede reducir hasta quedar incluso por debajo del 1 %».